Medallas de Asturias 2014

El presidente del Principado de Asturias, Javier Fernández, presidió la ceremonia de entrega de las Medallas de Asturias 2014 como parte de los actos con motivo del Día de Asturias el próximo 8 de septiembre. Fernández destacó que las medallas “son galardones que, como saben, carecen de recompensa económica. Realmente, consisten en un reconocimiento social a nuestros mejores”. Al acto asistieron también los miembros del Consejo de Gobierno.

Medallas concedidas por acuerdo del Consejo de Gobierno Medalla de Asturias, en su categoría de oro, al Padre Ángel García Rodríguez por su infatigable dedicación a la creación de proyectos y recursos para la protección y mejora de la calidad de vida de los colectivos sociales más vulnerables. Medalla de Asturias en su categoría de plata a Tomás Casado Martínez, Manuel Fernández López “Lito”, a título póstumo, por su trayectoria de sindicalista modernizador, defensor de un proyecto integrador y abierto a la sociedad. Medalla de Asturias en su categoría de plata a Tomás Casado Martínez como reconocimiento institucional a este empresario, pionero en la internacionalización de la empresa asturiana. Medalla de Asturias en su categoría de plata a María Ángeles Gil Álvarez como reconocimiento a sus méritos profesionales, en el ámbito de la docencia e investigación matemática. Medalla de Asturias en su categoría de plata a la Fundación Sanatorio Adaro por sus más de cien años de compromiso social en Asturias. Medalla de Asturias, en su categoría de plata, a don Emilio Serrano Quesada en reconocimiento a su trayectoria empresarial y a su activa e incansable contribución a la difusión de la riqueza agroalimentaria, cultural y turística de Asturias. Medalla de Asturias, en su categoría de plata, a don José Ramón Badiola García por su trayectoria en la producción ganadera de Asturia.

Intervención del presidente del Principado, Javier Fernández, en la entrega de Medallas de Asturias 2014.

(Discurso completo)
Presidente del Principado, Javier Fernández junto a los galardonados

Presidente del Principado, Javier Fernández,  junto a los galardonados

Todos los agostos, un Consejo de Gobierno elige quiénes merecen las medallas de Asturias. Desde fuera puede parecer una decisión fácil, festiva casi. No es así. Resulta difícil, muy difícil, realizar esa selección, postergar a un buen número de merecedores de estas distinciones. No puedo desvelarles los pormenores de las reuniones del Consejo, pero les aseguro que ése no es, precisamente, el debate más pacífico.

Son galardones que, como saben, carecen de recompensa económica. Realmente, consisten en un reconocimiento social a nuestros mejores. Para hacerlo, les incomodamos: les robamos tiempo, les obligamos a soportar las luces públicas, a sufrir nuestros halagos. Por toda esa lata, pido disculpas a los premiados, pero es que realmente estamos orgullosos de ellos. Muchas gracias por su ejemplo.

Esta entrega forma parte de la conmemoración del Día de Asturias. Es una celebración sencilla, abierta a la confluencia de múltiples sentimientos. Quiero detenerme unos momentos en esta reflexión: los asturianos hemos encontrado una buena manera de celebrar nuestra festividad. Sé que no es del gusto de todos. A algunos les gustaría darle vuelo reivindicativo; a otros, separarse radicalmente de creencias y símbolos; también habrá quien quiera exaltar las diferencias, con esa práctica tan habitual que pasa por exhumar a conveniencia pedazos de historia para forjar una identidad excluyente.

Entiendo, sin embargo, que hemos conseguido convertir estos actos, y todos los que acompañan al Día de Asturias, en una celebración en la que la inmensa mayoría puede sentirse cómodo. Éste también es un patrimonio que debemos cuidar: es bueno, muy bueno, saber crear y preservar puntos de encuentro, tanto entre nosotros como con los demás. Buscar pretextos para la discrepancia, exacerbar a propósito las diferencias no sirve para otra cosa que para dividirnos; acaba siempre en un destino estéril. Recuerdo que los asturianos no precisamos de un enemigo –ni interior ni exterior- para identificarnos. Cuando, en otras comunidades, el independentismo se ha convertido en un puerto refugio de ansias y frustraciones, los asturianos sabemos reconocernos en una identidad abierta e inclusiva. Como los ciudadanos de otras comunidades autónomas, también nosotros sufrimos problemas, múltiples problemas, propios de los tiempos que vivimos, pero hemos conseguido evitar que se canalicen hacia un grito colectivo de impotencia. Me alegro, ciertamente, y hoy es un buen día para expresarlo, de que la frustración no haya derrotado jamás a Asturias. Históricamente, y sobran ejemplos, nunca hemos claudicado ante las dificultades.

Los galardonados de hoy, tampoco. Si el padre Ángel, medalla de oro del Principado, se hubiese rendido, hoy no agradeceríamos su larga, fecunda biografía de lucha por la infancia, los mayores, los más desfavorecidos de cualquier geografía que imaginemos.

Porque la tentación de rendirse, de abandonar, siempre está ahí al lado, acechante. Este cura que fue guaje en La Rebollada pudo haberse apartado prudentemente cuando percibió las dificultades y reticencias que acompañaron a la creación de los primeros hogares de Mensajeros de la Paz. No lo hizo, y consiguió sacar adelante su proyecto. Luego pudo conformarse con este hito, con haber sido fundador de las asociaciones Cruz de los Ángeles y Mensajeros de la Paz, pero tampoco entonces se consintió cejar. Encontró nuevas energías y nuevos rumbos, y ahí está su trabajo a favor de las personas mayores, tantas veces olvidadas, arrumbadas a un lado del camino. Me refiero en este caso a la asociación Edad Dorada.

Nosotros, todos, sabemos de dificultades. Hemos visto la pobreza más o menos de cerca; conocemos también alguna desgracia; alguno, seguramente, habrá estado en un campamento de refugiados. Acaso con estas experiencias pensemos que ya estamos de vuelta de todo. Pues no nos engañemos: siempre habrá algo capaz de horrorizarnos. Puede ser la fuerza arrasadora e inclemente de la naturaleza –un terremoto, una sequía, un tsunami- o la propia ceguera del hombre transformado en el peor depredador posible las que nos enfrenten a situaciones que ni imaginamos. Hay que tener mucha fuerza, un coraje fuera de lo común para, en lugar de huir de la desolación, ser capaz de adentrarse una y otra vez en ese corazón de las tinieblas y hacerle frente para disputar aunque sólo sea una vida infantil a la miseria. Eso, tenedlo en cuenta, es lo que hace este sacerdote que hoy galardonamos.

En fin, no voy a aburriros con un resumen de la biografía del Padre Ángel. Todos la conocéis: le habéis visto en Irán, en Irak, en el Líbano, en Sudamérica, en cualquier territorio del mundo devastado por la violencia de la naturaleza o la guerra del hombre. Puede que incluso pensemos que eso es normal, una presencia rutinaria; puede, reitero, que no nos demos cuenta del arrojo preciso para encararse a diario con la desgracia y apoyar a quienes apenas tienen tiempo y aliento para sobrevivir. Pues sí, quien hace tales cosas, este hombre incansable, este cura de Mieres –cuyos apellidos, García Rodríguez, han sido reducidos al anonimato, sepultados por la fuerza del sencillo apelativo Padre Ángel- recibe hoy la medalla de oro de Asturias. Y yo, por asturiano, por mierense y del Caudal, estoy orgulloso de poder entregársela.

Me gustaría, también haber podido entregar la medalla de plata a otro mierense de mi tiempo, de mi barrio, de mi escuela: Manuel Fernández Lito, ex secretario general de UGT de Asturias y ex secretario general de la federación estatal del metal y la construcción del mismo sindicato. Llegamos tarde, desgraciadamente tarde, porque murió el 27 de junio. Hoy nos acompaña su familia; para ellos, un fuerte abrazo.

A menudo pienso que los asturianos somos una mezcla extraña, hipercríticos, tímidos y orgullosos a un tiempo. Elogiamos con justicia nuestra tierra, nuestra historia y nuestro carácter, somos generosos a manos llenas y a la vez avaros con nosotros mismos. Sostengo que Lito, uno de los sindicalistas destacados de la historia reciente de España, no recibió en vida el reconocimiento que merecía, y quizá no haya mejor explicación que ese extraño, confuso pudor que nos frena. Es fácil convertir este tipo de intervenciones en un ditirambo, pero yo no creo exagerar si aseguro que la situación actual, competitiva y asentada, de la siderurgia asturiana debe mucho a Lito. Él comprendió pronto que negarse a la transformación, a la evolución, sería de un absurdo numantino: como en la vieja ciudad de la provincia de Soria, sólo nos hubieran quedado las ruinas. Más o menos heroicas, pero ruinas al fin y al cabo. Lito entendió, en cambio, que había que favorecer la modernización empresarial en todas sus facetas sin renunciar, a la vez, de la defensa de los intereses y derechos de los trabajadores. Hoy, a toro pasado, muchas decisiones pueden parecernos de pura lógica; lo difícil es, siempre, anticiparse y decidir en el tiempo justo: eso fue lo que supo hacer siempre Lito sin renunciar jamás al diálogo.

La Fundación Sanatorio Adaro también simboliza la lucha contra la resignación. Incorporado a la geografía física y social de las Cuencas, surgió en 1910 como un hospitalillo para heridos en la mina que cuatro años después se convertiría en sanatorio.

Si hay dos grandes fuerzas que definen el ser de la Asturias del siglo XX, ésas son la emigración ultramarina y la minería, catalizador de la industria regional. Al hablar del Adaro nos metemos de lleno, pues, en uno de los rasgos vertebrales de nuestra identidad reciente y, en especial, en la gran dimensión humana que acompaña al trabajo minero: hablamos de accidentes terribles, pero también de coraje y solidaridad. Cuando se cumplen cien años del sanatorio Adaro, la entrega de la medalla de plata del Principado homenajea también todos esos valores. No quiero descuidar, en modo alguno, el importantísimo trabajo médico desarrollado en este hospital, que ha llegado a ser una referencia traumatológica para toda España. Una excelencia médica que, unida a una admirable humanidad, encarnó ejemplarmente el doctor Vicente Vallina. A él, como a todos quienes han colaborado con el Adaro –y perdonen que no me cite la larga lista de nombres que correspondería en este caso-, así como a sus actuales responsables, gracias por su labor.

María Ángeles Gil, catedrática de Estadística e Investigación Operativa, nació en Valladolid. Tomás Casado, presidente de Imasa, en Valdescorriel, un pueblo de Zamora. Ambos merecen la medalla de plata porque sus trayectorias profesionales, brillantes y exitosas, están plenamente vinculadas a nuestra tierra. Antes me refería al carácter inclusivo y abierto de la celebración del Día de Asturias; al aludir a estos galardonados me reafirmo en que ése es uno de los rasgos que hemos de empeñarnos en preservar.

Desde que a los 19 años llegó a Avilés, Tomás Casado se ha ido convirtiendo en uno de los nombres propios más destacados del empresariado asturiano. Advertía antes contra la tentación del halago superlativo, pero no creo que me exceda si hablo de Casado como uno de los ejemplos de la capacidad de iniciativa que se requiere para ser empresario. A ese talento para el riesgo, a esa combinación de ganas y atrevimiento para hacer cosas podemos agradecer hoy la existencia de un conglomerado empresarial del que IMASA es una de sus naves capitanas y del que dependen unos 1.750 empleos y una facturación de 250 millones. No sé cómo calificar que, en ese afán expansivo por hacer cosas, Casado haya constituido en su pueblo natal de Valdescorriel una Asociación de Amigos de la Santina. Aquí ya no hablamos de un empresario zamorano afincado en Asturias, sino de un asturiano que hace proselitismo astur-religioso en Zamora, lo cual no deja de ser una buena muestra, y fecunda, de hasta dónde puede llevarnos la buena convivencia.

Podemos asegurar, pues, que aquella arribada, ya lejana, de Casado a Avilés fue afortunada para Asturias. Con María Ángeles Gil estamos en condiciones de afirmar lo mismo. No se preocupen, que no voy a meterme a hablar aquí de su especialidad, la lógica difusa (fuzzy logic). Por un lado, porque podría hacer el ridículo; por otro, porque ni quiero espantarles ni es el lugar. De lo poquísimo que sé, las aplicaciones de la lógica difusa se van acercando más y más año tras año al proceso de toma decisiones del cerebro humano. Quizá resulte un tanto inquietante escucharlo, pero de eso nos beneficiamos todos. Su abanico de posibilidades es tan amplio que va desde la organización de sistemas de transporte hasta la regulación automática del aire acondicionado. Llamo la atención sobre el hecho de que la lógica difusa entiende –y le pido disculpas por utilizar este verbo: es una manera de hablar- que muchas decisiones no pueden resolverse bien de forma binaria, con un sí o con un no, sino que se atienden mejor tomando en cuenta un amplio conjunto de variables. Algo que deberíamos considerar en España más a menudo, tan dados como somos al maximalismo. Pero no divago más: esta catedrática, a quien hoy reconocemos, es una de las figuras sobresalientes de esta disciplina, y en Asturias estamos orgullosos de poder agradecerle con la medalla de plata su trabajo en la Universidad de Oviedo.

En los casos de José Ramón Badiola y Luis Serrano Quesada, también galardonados con sendas medallas de plata, encontré desde el principio un punto de coincidencia: la búsqueda continua de la calidad. Badiola es vicepresidente de la sociedad agraria de transformación Central Lechera Asturiana y consejero de Corporación Alimentaria Peñasanta Food. También preside la empresa Edificaciones y Urbanizaciones, y participa en el proyecto de Desarrollo de Energías Renovables en el Principado. Pero todos esos títulos quedan incompletos si no añadimos su ganadería: cerca de medio millar de reses que, con una producción anual de 2,5 millones de litros, se ha convertido en un referente nacional e internacional. La Ganadería Diplomada Badiola luce por méritos propios un blasón acreditado de calidad, y eso sólo ha sido posible gracias a una tenacidad, un esfuerzo, una capacidad para sobreponerse a los reveses de todo tipo que hacen de José Ramón Badiola un digno merecedor de la medalla de plata del Principado.

En Asturias hablamos a menudo del potencial de las empresas vinculadas directa o indirectamente con la actividad agraria y ganadera. Ese potencial, que es cierto, no descansa de forma exclusiva sobre los recursos naturales. No hay mejor recurso que el esfuerzo y el talento. La calidad genética archipremiada obtenida por José Ramón Badiola no se debe a nuestros verdes prados ni a la frescura de nuestro clima, ni siquiera a nuestra tradición ganadera. Todo eso ayuda, pero de poco sirve si no hay trabajo e ingenio detrás. Emilio Serrano Quesada es ejemplar señero en esa dedicación. Aunque en su caso hablar de una sola dedicación sería un reduccionismo especialmente injusto. Con la medalla de plata, el Gobierno premia al gerente de la empresa familiar Destilerías Los Serranos pero también al escritor, al divulgador, a quien ha sido capaz de mantener durante décadas un entusiasmo contra viento y marea con el desarrollo turístico y cultural de Ribadesella, su villa natal; de la comarca oriental y de toda Asturias. Ése es, también, otro de los grandes destilados de Emilio Serrano que hoy todos reconocemos públicamente.

Concluyo.

A vosotros, todos los premiados, a todos quienes nos acompañáis, muchas gracias y feliz Día de Asturias. Sintámonos orgullosos, abiertamente orgullosos, de quienes premiamos. No seamos rácanos ni timoratos con quienes merecen el reconocimiento público; al contrario, sepamos que al distinguirlos con actos como el de hoy –y aunque les incomodemos, les robemos tiempo y tranquilidad- contribuimos a hacer una Asturias mejor.

Muchas gracias y feliz Día de Asturias.