Recuerdo del poeta Nicolás Estévanez en los cien años de su muerte

En su poema "Canarias" define al Archipiélago como una “dulce, fresca e inolvidable sombra”

Nicolás Estévanez nace el 17 de febrero de 1838 en Las Palmas de Gran Canaria en el seno de una familia acomodada. Su padre, malagueño, era militar; su madre tenía orígenes irlandeses. La mayor parte de su infancia transcurrió en Tenerife hasta que a los 14 años se fue a estudiar a Toledo.

Estévanez, al igual que su progenitor, escogió la carrera militar, la que ejerció comprometido en la lucha por la democracia y la justicia social. Este compromiso finalmente lo apartó del ejército. Especialmente determinante para esa decisión fue el suceso acaecido en noviembre de 1871 en Cuba donde estaba destinado. En la isla caribeña fusilaron a ocho estudiantes condenados en consejo de guerra, ante este hecho mostró su rotunda condena diciendo que “antes que la patria están la humanidad y la justicia”.

Se dedicó a la vida política en la que se desempeñó con cargos de importancia. Perteneciente al revolucionario Partido Republicano Federal, fue diputado, gobernador civil de Madrid y ministro de la Guerra con el gobierno de Pi y Margall en la Primera República de 1873. Cuando en 1874 el General Pavía dio el Golpe de Estado, decide irse con su familia de España a Lisboa pero al poco tiempo lo expulsan por sus actividades conspiradoras contra la Monarquía de la Restauración. Su destino primero es Londres pero pasa después residenciarse en París. Regresó a Madrid en 1898 pero no abandona definitivamente París y alterna su residencia con estancias en ambas ciudades. Una de las razones de su vuelta fue el deseo de Pi y Margall de contar con su ayuda en la actividad política, pues tiene la idea unificar a los republicanos para acceder al poder por la vía parlamentaria, pero Pi y Margall muere en 1901 sin lograrlo. En 1909, se retira a París para no volver a España.

Otra faceta muy destacada en la vida de Estévanez se encuentra en las Letras. Destacó como poeta, traductor, periodista e historiador.  En Francia trabajó como traductor en la editorial de los hermanos Garnier. Además colaboraba en medios de comunicación y se dedicaba a la lectura y a escribir poesía y otros géneros.

Estévanez sale de Canarias adolescente, aunque durante su vida regresó en varias oportunidades por cortos periodos. El vínculo con sus islas lo mantiene, su canariedad está reflejada  a su obra. Tiene escritos en los que demuestra su amor por su tierra natal. En 1878 aparece en Revista de Canarias su célebre poema “Canarias” dividido en siete partes. Se trata de un símbolo de la insularidad en el que define al Archipiélago como una “dulce, fresca e inolvidable sombra”. El poema es un canto a todas las islas, a la nacionalidad canaria. En 1891 recopila sus escritos en la obra Romances y cantares. Otro poemario fue  Musa canaria, también tiene los títulos Rastros de la vida y Fragmentos de mis memorias. Asimismo, destacan una serie de artículos que escribe para el periódico semanario de Madrid El Nuevo Régimen de Madrid. Eran unas “croniquitas parisienses”, como las titulaban, que trataban de diversos temas de carácter social, político y cultural , en algunos de los que se puede apreciar la cercanía de la guerra de 1914. Cuando finalmente se declara la guerra, Estévanez se ofreció a servir a su nación de residencia y se convierte en enlace con el Ejército francés. Mientras desempeñaba una misión contrajo una pulmonía que lo llevó a la muerte. Falleció el 21 de agosto de 1914 en París.

Poema "Canarias",  Canto VII

Imagen Google

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La patria es una peña, la patria es una roca, la patria es una fuente, la patria es una senda y una choza. Mi patria no es el mundo; mi patria no es Europa; mi patria es de un almendro la dulce, fresca, inolvidable sombra. A veces por el mundo con mi dolor a solas recuerdo de mi patria las rosadas, espléndidas auroras. A veces con delicia mi corazón evoca, mi almendro de la infancia, de mi patria las peñas y las rocas. Y olvido muchas veces del mundo las zozobras, pensando de las islas en los montes, las playas y las olas. A mí no me entusiasman ridículas utópias, ni hazañas infecundas de la razón afrenta, y de la Historia. Ni en los Estados pienso que duran breves horas, cual duran en la vida de los mortales las mezquinas obras. A mí no me conmueven inútiles memorias, de pueblos que pasaron en épocas sangrientas y remotas. La sangre de mis venas, a mí no se me importa que venga del Egipto o de la razas célticas y godas. Mi espíritu es isleño como las patrias rocas, y vivirá cual ellas hasta que el mar inunde aquellas costas. La patria es una fuente, la patria es una roca, la patria es una cumbre, la patria es una senda y una choza. La patria es el espíritu, la patria es la memoria, la patria es una cuna, la patria es una ermita y una fosa. Mi espíritu es isleño como las patrias costas, donde la mar se estrella en espumas rompiéndose y en notas. Mi patria es una isla, mi patria es una roca, mi espíritu es isleño como los riscos donde vi la aurora.   Bibliografía: Revista Rincones Canarios