Recuerdos de la infancia en Canarias que vuelven a la mente por Navidad

El Niño Jesús no nos traía ningún presente, Él ya era, de por sí, suficiente regalo


Antonio Álamo Lima.
24-12-2017

Año tras año, llegadas estas fechas navideñas, los recuerdos de nuestra niñez, cada vez más lejana, se agolpan y revolotean en nuestras mentes como duendecillos traviesos. Eso sí, ¡los buenos! pues los malos, como hierba cizañera, los vamos apartando de nuestros archivos cerebrales y sólo regresan en aquellos instantes cuando la nostalgia y morriña nos atenazan.

Me traslado a los helados vientos e interminables brumas, que venían del norte y corrían hacia el sur de mi recordado Valverde en aquellos diciembres en los que nuestras madres, poco antes de irnos a dormir, nos calentaban la cama con una bolsa de agua hirviendo o una plancha maciza de hierro que, después de someterla al fuego hasta casi ponerla al rojo, envolvían en paños para meterla debajo de las sábanas y quitarles el frío sereno que se colaba por las rendijas de las puertas y ventanas de nuestros hogares.

Con cuánta expectación esperábamos la llegada de la noche para guarecernos debajo de un amplio conjunto de sábanas, mantas y hasta de herreñas “traperas”, sustituidas posteriormente, ya en América, por las cobijas, que igualmente servían para espantar los fríos del cuerpo y, en muchas ocasiones, del alma.

¡Cómo se nos presentan en nuestra memoria nuestros amigos! aquellos de los juegos infantiles, cuando aprovechábamos cualquier resquicio, entre clase y clase para disfrutar un rato de la piola o del trompo o del escondite o del “tin pelota” o disfrutar, con la inocencia en nuestras vidas, viendo a las niñas jugando en la Plaza del Cabildo, al “brilé” o al matarile…rile….rile, buscando las llaves en el fondo del mar y siempre preguntándose ¿quién las irá a buscar?

Recuerdos de la familia reunida en Valverde de El Hierro en ocasión especial.

Recordamos que en Navidad las mujeres de la familia se reunían toda la semana para hacer mantecados y rosquillas, galletas y truchas de las buenas, de las rellenas de almendras. Volvemos la vista atrás y las vemos haciendo la mistela con cáscaras de naranja hervidas en aguardiente ¡Qué buena para calentar el cuerpo! “Sólo un “buchito”, que eres chico y se te puede ir a la cabeza”, nos decían. Y los turrones y mazapanes que venían de lejos en diciembre y que nuestros padres escondían “Dios sabe dónde”, hasta que aparecían por arte de magia el 24 de Diciembre en la Noche Buena para adornar la mesa familiar y desaparecer “en menos que cantaba un gallo”.

Los villancicos: Lo Divino, La Marimorena, Los Peces en el Río, ¡Ay del Chirriquitín!, En el Portal de Belén – “donde había estrellas, sol y luna, La Virgen y San José y el Niño que estaba en la cuna” ¿Cuántos diciembres cantamos estas canciones con las rondallas que montábamos con los hermanos, primos y amigos? Grupos con los que visitábamos a las familias amigas para recibir en cada una un pequeño vaso de anís, acompañado de un trozo del postre o dulce de la especialidad de la casa.

Familia en la Iglesia de la Inmaculada Concepción de Valverde.

Evocamos las misas de gallo, corriendo a la iglesia con el viento frío calándote los huesos. Una vez dentro te recuperabas con el calor humano que desprendía la casi totalidad de vecinos de La Villa, reunidos para la ocasión.
¡Qué bonitos los belenes!, portales o nacimientos que de todas estas maneras podíamos denominarlos, construidos por los “amañados” en estos menesteres. Algunos con un hilo de agua simulando ríos y otros con espejos imitando lagos, en los que había bellos cisnes blancos, un pollino y un tigre o un león, que de todo cabía en esa viña del señor, reposando en perfecta camaradería; y camellos del tamaño de una oveja.

El Niño Jesús no nos traía ningún presente, Él ya era, de por sí, suficiente regalo. Había que esperar al 6 de enero para que los Tres Reyes Magos, con sus alforjas cargadas, nos dejaran cerca de nuestros zapatos lo que previamente les habíamos pedido mediante carta dirigida a Oriente.

Hermanos Álamo Lima en Valverde de El Hierro antes de viajar a Venezuela.

Y a principios de la década de los sesenta, cuando pensábamos que el mundo se limitaba a la roca rodeada del océano en la que vivíamos, y que Venezuela era algo muy lejano a donde se iba la gente a buscar mejor calidad de vida, nos tocó lo mismo que a tantos antes y otros tantos después de nosotros: despedirnos de hermanos, familiares, amigos y conocidos. Nos veníamos a reunir con nuestro padre, que hacía años nos había antecedido en aquello de hacer la maleta.

Un final de año llegamos a tierras americanas, al Puerto de La Guaira, con el terminal lleno de paisanos esperando a sus viajeros que saludaban a gritos tratando de hacerse oír entre la algarabía general.

Comenzamos a cambiar nuestro cabrito por hallacas, nuestras truchas por dulce de lechosa, nuestras quesadillas por golfeados y a sustituir la expresión “exquisito” por “divino”.
Y sobre todo, acostumbrarnos a que los regalos los traía el Niño Jesús, y enterarnos de que los Reyes Magos poco trabajaban en este lado del charco.

Cómo notamos diferencia en la música navideña al pasar de nuestros villancicos a escuchar como Don Rafael Montaño “no se explicaba como un perico teniendo un hueco debajo del pico podía comer, decía que no podía ser y añadía que aguinaldos vienen y aguinaldos van y el pobre perico no aprendía a hablar”. También al grupo infantil de Los Tucusitos pidiéndole a un pequeño tucusito que los llevara a cortar las flores ya que en las Navidades, aseveraban, “se cortan de las mejores”. Ritmos que pronto aprendimos a querer y a hacer nuestros ¡Cómo nos enamorarnos de la Gaita! un canto alegre y de protesta que venía del Zulia.

Comidas, costumbres, ritmos, músicas que se han entremezclado en perfecta simbiosis en nuestras vidas y que hemos trasladado a nuestros hijos y ellos a los suyos, y que su recuerdo o vivencia nos llena de euforia y alegría, o tristeza y melancolía, según el talante de nuestro espíritu en cada ocasión.

¡Feliz Navidad y que el año próximo se cumplan todas las metas!!

Antonio Álamo Lima
Canarios en el Mundo