26 octubre, 2020

Garoé, el legendario árbol herreño que “ordeña” las nubes

Antonio Álamo Lima
CEEM. 7 de octubre de 2020


Leyendas y verdades enteras o a medias se han tejido a lo largo de los siglos sobre el mítico Árbol Garoé, como lo llamaban los bimbaches, o Árbol Santo, como también lo denominan los habitantes de la isla del Meridiano.

La gran labor del árbol fue “ordeñar” las nubes cuando las lluvias abandonaban la isla y llegaban los prácticamente cíclicos años de sequía o de “la seca”, como designan los herreños a estos duros periodos que, especialmente en el siglo pasado, ocasionaron escasez y necesidades y obligaron a muchos de sus habitantes a decidirse por la emigración, una vital forma de sobrevivir.

Nos remontamos a relatos sobre los aborígenes para descubrir el origen del árbol. Entre las versiones que existen, la del profesor Juan Carmelo Padrón Morales es especialmente hermosa. Relata cómo en uno de esos amargos años de ausencia de lluvias, cuando los bimbaches rogaban clemencia a sus dioses Eraorahan y Moreiba para que cayeran algunas gotas, brotó el árbol que daría agua continua a los habitantes de la isla.

Padrón Morales cuenta que un joven habitante del interior de la isla, concretamente en La Albarrada cerca de Los Lomos de la montaña Bentegís y lejana de la costa, subía a la cima cada mañana para ver si aparecía alguna nube cargada del precioso líquido que con tantas ansias esperaban pobladores, ganado y tierras. 
Dice don Carmelo: “Uno de tantos días, no vio la deseada nube, pero si vislumbró un águila que volaba muy alto describiendo círculos sobre él. Se asustó un poco, pero según se acercaba descubrió que era más blanca y que se trataba de un guincho, (especie de águila pescadora que abundaban en las costas herreñas), y que traía algo en el pico”.

Al joven le extrañó que el ave se separara tanto de la orilla del mar por lo que corrió a decírselo a su familia. Aún incrédulos por lo que les contaba, decidieron trasladarse al lugar en donde aseguró haber descubierto el animal. Cuando se acercaban al sitio observaron una pequeña ramita que él reconoció como la que llevaba el guincho en el pico. Al momento, la tomaron en sus manos y la sembraron.

En pocos años esa rama creció y se convirtió en un maravilloso árbol del que constantemente manaba agua, ese deseado líquido que le dejaban las nubes o brumas cuando lo acariciaban, formándose a su pie una laguna que en lengua aborigen llamaban Garoé y que quitó la sed de los nativos.

La leyenda de los aborígenes en torno al «maná» del Garoé también cuenta una triste historia que transformaría sus vidas y que quedó en las voces herreñas para trasladarla a sus descendientes de generación en generación.

Cuando llegaron los colonizadores se encontraron con una manifiesta escasez de agua pero se percataron de que a los nativos no les faltaba. Trataron, entonces, de conocer cómo obtenían el vital líquido con el cual sobrevivían.

Los bimbaches lo mantenían en máximo secreto, estaba prohibido indicar a los extraños el sitio en donde se encontraba, pero sucedió que la joven nativa Agarfa se enamoró de un soldado andaluz al que contó lo que sus mayores mantenían en celosa reserva.

Con este descubrimiento de los extranjeros, los aborígenes perdieron la batalla, su rey Armiche fue apresado y con él todos aquellos que lo seguían y acompañaban. El fin de Agarfa fue trágico. Declarada como traidora fue despeñada por un precipicio, según las leyes de su pueblo.

Otras muchas leyendas se han generado alrededor del Garoé que vivió hasta que en 1610 fortísimos vientos arrasaron la zona y fue arrancado de la tierra que tan orgullosamente lo alimentaba.

Lo que sí es historia vivida es la “resurrección del árbol” en el año de 1959 cuando un grupo de pobladores de Valverde, capital herreña, junto a las autoridades de la isla salieron a pie en horas tempranas desde el Casino rumbo a Los Lomos para sembrar un tilo, familia a la que pertenecía el árbol. Abrieron un hueco en el mismo sitio en el que tantos años pervivió el Garoé original y plantaron el nuevo acompañado con una botella de cristal entre sus raíces que contenía una hoja de papel firmada por todos los presentes.

Aquella planta, aproximadamente de un metro y medio de altura cuando la sembraron, hoy luce grande y majestuosa con un frondoso ramaje para disfrute de todos los visitantes. Y, como hizo muchos años su antecesor, sigue igualmente ordeñando las nubes, brumas o nieblas permanentes en la zona.

Fotos Google.