4 diciembre, 2022

Sefardíes venezolanos reciben en la Hermandad Gallega de Venezuela el pasaporte de nacionalidad española

CEEM. 6 de marzo de 2020
Antonio Álamo. Josefina Benítez.

La Hermandad Gallega de Venezuela (HGV) acogió el jueves 5 de marzo el acto de entrega de pasaportes a los nacionalizados según la ley de Nacionalidad Española a los Sefardíes Originarios de España en un acto presidido por el embajador de España en Venezuela, Jesús Silva.

El embajador destacó el importante reencuentro entre culturas que ha podido apreciarse en el proceso de recuperación de la nacionalidad llevado a cabo por el Consulado General de España en Venezuela al descubrir la positiva conjunción de venezolanos que han descubierto a los españoles sus raíces culturales sefardíes. 

Asistieron al acto, el cónsul general de España en Caracas, Juan José Buitrago; los cónsules adjuntos, Julio Navas y Mario Crespo; los agregados de Defensa y de Interior de la Embajada de España; presidente, Javier Rolo, y consejeros del Consejo de Residentes Españoles en Venezuela (CRE); presidente de la Federación de Centros Españoles de Venezuela (Feceve), Roberto González; directivos de la Hermandad Gallega de Venezuela; representantes de la comunidad israelita en el país y de centros españoles de Venezuela.

Ley 12/2015, de 24 de junio, en materia de concesión de la nacionalidad española a los sefardíes originarios de España

En el Gobierno de Mariano Rajoy, el Congreso de los Diputados español aprobó la ley para reparar el «error histórico» que sucedió en el siglo XV cuando los Reyes Católicos expulsaron de España a miles de judíos. En ese momento huyeron principalmente a los Balcanes, al Imperio Otomano y al norte de África.
 “Se denomina sefardíes a los judíos que vivieron en la Península Ibérica y, en particular, a sus descendientes, aquéllos que tras los Edictos de 1492 que compelían a la conversión forzosa o a la expulsión tomaron esta drástica vía. Tal denominación procede de la voz «Sefarad», palabra con la que se conoce a España en lengua hebrea, tanto clásica como contemporánea. En verdad, la presencia judía en tierras ibéricas era firme y milenaria, palpable aún hoy en vestigios de verbo y de piedra. Sin embargo, y por imperativo de la historia, los judíos volvieron a emprender los caminos de la diáspora, agregándose o fundando comunidades nuevas sobre todo en el norte de África, en los Balcanes y en el Imperio Otomano.
Los hijos de Sefarad mantuvieron un caudal de nostalgia inmune al devenir de las lenguas y de las generaciones. Como soporte conservaron el ladino o la haketía, español primigenio enriquecido con los préstamos de los idiomas de acogida. En el lenguaje de sus ancestros remedaban los rezos y las recetas, los juegos y los romances. Mantuvieron los usos, respetaron los nombres que tantas veces invocaban la horma de su origen, y aceptaron sin rencor el silencio de la España mecida en el olvido.
La memoria y la fidelidad han permanecido a lo largo de los tiempos en una numerosa comunidad que mereció el honor de recibir su reconocimiento con el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia en 1990. Fue una decisión animada por el deseo de contribuir, después de casi cinco siglos de alejamiento, a un proceso de concordia que convoca a las comunidades sefardíes al reencuentro con sus orígenes, abriéndoles para siempre las puertas de su antigua patria. El otorgamiento de este premio había sido precedido, poco antes por un acontecimiento histórico: la primera visita de un Rey de España a una sinagoga. Fue el 1 de octubre de 1987 en el templo sefardí Tifereth Israel de Los Ángeles, California.
En los albores del siglo XXI, las comunidades sefardíes del mundo se enfrentan a nuevos desafíos: algunas quedaron maltrechas bajo la furia de los totalitarismos, otras optaron por los caminos de retorno a su añorada Jerusalén; todas ellas vislumbran una identidad pragmática y global en las generaciones emergentes. Palpita en todo caso el amor hacia una España consciente al fin del bagaje histórico y sentimental de los sefardíes. Se antoja justo que semejante reconocimiento se nutra de los oportunos recursos jurídicos para facilitar la condición de españoles a quienes se resistieron, celosa y prodigiosamente, a dejar de serlo a pesar de las persecuciones y padecimientos que inicuamente sufrieron sus antepasados hasta su expulsión en 1492 de Castilla y Aragón y, poco tiempo después, en 1498, del reino de Navarra. La España de hoy, con la presente Ley, quiere dar un paso firme para lograr el reencuentro de la definitiva reconciliación con las comunidades sefardíes…”